Erase una vez un planeta en el que se vivía como en el paraíso. Las células de todos sus seres humanos estaban llenas de vida: las de los pies eran como raíces para estar en la realidad, las de las piernas servían para que cada uno hiciese su propio camino al andar, las de la sexualidad permitían sentir la alegría de disfrutar lo que se tenía y se hacía, las de la columna vertebral hacían respetar la dignidad de cada uno, las del corazón facilitaban amar y vivir en armonía con todos los seres vivos, las del cerebro amaban el conocimiento y daban la mejor respuesta posible a cualquier situación. Al vivir para la vida, todas las células aceptaban que iban a morir y estaban al servicio de la mente que dirigía todos los órganos del cuerpo para lograr el único objetivo común: la supervivencia individual y colectiva de los seres humanos. Esta aceptación de la muerte armonizaba las diferencias y coincidencias entre las células, sin engañarse creyendo en falsas seguridades o en que tener control y poder sobre las otras daba la inmortalidad.
Los problemas aparecieron cuando algunas células del cerebro inventaron la palabra yo para sustituir a la mente y comenzaron a llamarse células yo y considerarse las únicas que tenían poder para pensar y decidir sobre el resto de las células. Para ello se aliaron con algunas del corazón haciéndoles creer que deberían limitarse a sentir sólo las emociones dictadas por las células del cerebro. Luego convencieron a algunas células de las manos y del resto del cuerpo de que no podían hacer nada que no fuera mandado por las que habían ocupado los puestos de poder en el cerebro. Los engaños intelectuales, el analfabetismo emocional y las acciones opresivas contra la calidad de vida crearon la triple alianza para sostener a las células yo que habían adquirido el control del poder y del dinero sobre el mundo.
Con estos cambios los organismos y organizaciones que las células yo crearon se sometieron a sus valores culturales. El conocimiento y el estudio ya no eran una forma de amor a la sabiduría, sino una repetición de programas aburridos para lograr la aprobación de la autoridad de turno. El amor ya no era una forma espontánea de disfrutar la igualdad de derechos y necesidades como miembros de la misma especie, sino un sentimiento contaminado por todas las emociones falsas dictadas por las pocas células que controlaban todo. El trabajo ya no era una forma de vida que satisfacía las necesidades propias o ajenas, sino un castigo u obligación para poder sobrevivir. Y el dinero, símbolo de tener razón y poder, ya no era una fuente de placer sino de seguridad falsa que alimentaba una avaricia sin límite a costa de abusos, medias verdades y competir destruyendo la cooperación solidaria.
Las células yo han mantenido siempre su poder haciendo sentir miedos falsos desde peligros simbolizados como lobos feroces, demonios e infiernos, palos y castigos, hambres y guerras, crisis económicas o de escasez y tabúes como el de ser apartado del grupo. Si estos miedos falsos no eran suficientes para seguir controlando el poder, las células yo ofrecían a sus esclavos y mediadores de turno la abundancia de cualquier cosa que necesitaran en forma de paraísos y premios, felicidades falsas y amores negociados, cielos irreales e ilusiones infantiles.
En esa evolución biológica y cultural, genética y memética, de vez en cuando han surgido propuestas para liberarse del miedo generado por la escasez artificial de lo abundante y la avaricia generada por la abundancia artificial de lo escaso, ofreciendo la confianza realista y protectora como alternativa saludable para los intercambios entre las personas.
Una mutación o salto de calidad en esa cadena evolutiva de la vida ha sido la aparición de las llamadas células nosotros que, en distintos lugares y épocas, han querido crear un nuevo modelo de convivencia donde el yo sólo sea una parte integrada en un todo completo, ofreciendo un equipo unido por la verdad y la sabiduría, la comunicación honesta y el amor, la acción ética y la prosperidad como base sólida para relaciones satisfactorias. Aunque los modelos sociales y culturales tardan mucho tiempo en convertirse en realidades, la masa crítica de las células nosotros en este momento histórico del planeta nos dan algunos datos para el optimismo:
El primer dato es que las células nosotros no luchan contra las células yo, porque sería autodestruirse. Se protegen con inteligencia y amor para que no las engañen ni controlen con chantajes emocionales, pero no buscan controlar a otras células sino controlarse a sí mismas para sentirse ya inmortales e integradas en un todo cuya evolución da sentido a sus vidas.
El segundo es que las células nosotros son buenas educadoras, capaces de cuidar los contextos para que los espermatozoides, los óvulos y las células a favor de la vida crezcan al máximo de su potencial. Actualmente hay un movimiento incontrolable que, desde todos los rincones del planeta, apunta hacia la meta de una nueva educación donde los seres humanos aprendamos a ser in-dividuos, universos no divididos y sintonizados en una onda expansiva dirigida a la solidaridad y el respeto a la vida.
El tercero es que las células nosotros tienen claro que el egoísmo saludable es altruísmo, que cooperar es la mejor forma de competir y que es posible una distribución más equitativa de los recursos y del dinero si la economía y todas las ciencias e ideologías se ponen al servicio de la ética y el bienestar de todos los seres vivos.
Y el cuarto es que las células nosotros, desde la magia saludable que da la experiencia de la libertad propia y de las otras células, han aprendido a respetar el orden que hay en la naturaleza priorizando la salud y la prosperidad sobre cualquier falsa seguridad que nos dé el dinero y los poderes que podamos tener.
No somos adivinos, pero tenemos la certeza de que cuando experimentamos la abundancia del amor, la libertad y la productividad creativa, podemos librarnos de las manipulaciones deshonestas, las dependencias simbióticas y las opresiones creadas por injusticias o abusos de poder. Cada vez hay más células nosotros que se quitaron la venda de los ojos y no se dejan engañar con apariencias de escasez económica o con la abundancia de alegrías o amores falsos. Aunque no queremos volver a ningún paraíso perdido, el reto de un planeta donde cada célula asuma la responsabilidad de controlarse a sí misma y respete a las otras, sin querer controlarlas, es una meta común en la que muchos coincidimos para enriquecernos aprovechando las diferencias y los recursos de todos. Avanzar en esta dirección es la mejor base para humanizar y mejorar la calidad de nuestras organizaciones familiares y educativas, sociales y espirituales, laborales y políticas.
El modelo yo gano y tú pierdes, yo o tú, divide y destruye la vida. El modelo a favor de ganar todos, yo y tú, facilita convivir y dar sentido y calidad a la vida de cada uno. Desde este modelo, las células nosotros están creando una nueva cultura donde todos podamos sentirnos todos, es decir, individuos y universos que aceptan morir como partes o células yo, porque el amor y la calidad de la vida que compartimos nos permiten vivir en un eterno presente.
Juan A. Saavedra Quesada

Posiblemente el salto cualitativo más importante en ese “despertar” celular al que hace referencia el texto sea el primer momento en el que realiza el camino del yo al nosotros, en el primer instante en el que posa un pie en ese cenagal.
Es un camino desconocido, algo oscuro y sembrado de incertidumbre, que son precisamente lo que desde el paradigma del “yo” se le ha inculcado. Si se sale del camino marcado es un pecador (o lo que es lo mismo, aquel que no sigue los pasos de otros) y ese es el principal escollo que la “célula” experimenta, ya que depende del peso que tenga lo que las otras células digan para que de el paso o no.
Si lo concretamos un poquito más, ese escollo tiene que ver con un cambio en el concepto de “Poder”. De definirse como la capacidad de influir sobre la decisión de otro pasa a ser sencillamente la “capacidad de crear cambios frente a la resistencia”… Y cito a Claude Steiner cuando dice “los juegos de poder psicológicos funcionan porque la gente está entrenada para obedecer desde la infancia”
Las células tendemos a obedecer a nuestros educadores y por ese motivo creo que todavía son pocos los que se atreven a dar el paso del yo al nosotros. Son cambios estructurales muy profundos y podemos estar tan identificados con nuestra actual forma que, por muy jodida que sea, prefiramos continuar así a supervivir
Lo mas maravilloso es poder tener conciencia de nuestras celulas y atomos y nuestro yo por que todo es una unidad en nuestro universo.
cuando estamos concientes de nuestra vida y emociones recuperamos nuestro mando…y ya no postergamos mas nuestros problemas por que ya tomamosm nuestras propias decisiones..personales..y las afrontamos con valor y confianza…eliminando nuestros miedos y perdonar…y aprender a pasar la pagina….y recuperar nuestra confianza en nosotros mismos…y asi ni seguiremos dando poder a otros o situaciones…recordemos que ninguna situacion o persona …pueden danarnos si nosotros no lo permitimos…
Nadie puede ocupar elespacio de uno mismo ….ni uno el espacio de los demas si no lo permitimos .
GRACIAS